
Desde la antigüedad el hombre ha buscado una forma de preservar los cuerpos de aquellos muertos que tenían un valor significativo en vida. Algunas culturas de la antigüedad depositaban el cadáver en una tarima para que quedara expuesta a los elementos y en otros casos se incineraban.
Cuando el hombre de acuerdo a sus creencias requirió preservar el cuerpo y protegerlo de los elementos concibió la idea de un elemento que permitiese conservar al difunto. Se utilizaron grandes vasijas en las que el cadáver se colocaba en posición fetal en el interior, o también otros elementos fabricados en piedra o madera con forma de caja, o elementos con forma antropomorfa, como fue en la cultura egipcia. En otras culturas se utilizaban envoltorios con forma de fardos funerarios o esteras vegetales.
El ataúd más común a lo largo de la edad antigua europea era un tronco de árbol en el que se practicaba un agujero lo suficientemente grande como para que cupiese el cadáver. Los que se lo podían permitir, usaban ataúdes de piedra, plomo o hierro; los que no, simplemente envolvían el cuerpo en un lienzo. Hasta el siglo XVII no se generalizó el uso del ataúd en Europa.
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